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El sueño de una sociedad ideal remonta, en la cultura occidental, a la antigüedad. Podríamos decir que las primeras "utopías" (aunque
aún no había sido acuñado el término) fueron mitos como los del paraíso terrenal, Arcadia, la edad de oro, los Campos Elíseos, la Atlántida, y más tarde, la fantasía medieval del País de Cocaña. Sin embargo, todos estos mitos son más bien visiones idílicas y pastorales de un tiempo en el que el hombre vivía de manera simple y en armonía con la naturaleza sin los vicios de la civilización, a diferencia de construcciones literarias o filosóficas de una sociedad mejor como lo fueron La República de Platón, la Utopía de Tomás Moro, La Ciudad del Sol de Tomasso Campanella, La Nueva Atlántida de Francis Bacon, o aun la Abadía de Thélème, descrita por Rabelais en Gargantúa y Pantagruel. En La República de Platón encontramos los antecedentes de esta voluntad de elaborar un esquema de sociedad ideal que contempla una serie de leyes y ordenanzas sobre cómo debe funcionar esta sociedad en términos de la educación, de la función de los hombres y de las mujeres dentro de la misma, de las instituciones como la propiedad y el matrimonio, entre otros. La Utopía de Tomás Moro sin embargo introduce un nuevo elemento en tanto que convierte el nombre de la isla descrita en su libro (cuya etimología viene del griego ou (no) y tópos (lugar) y significa “no lugar” o “ninguna parte”) en una construcción literaria, y, más importante aún, en un género en sí que ha propiciado innumerables obras, no sólo en el campo de la literatura, sino también del arte, la cinematografía y la arquitectura. Otro aspecto importante de la Utopía es el recurso de la ironía y el empleo de estrategias especulares que reflejan los vicios y corrupción de los sistemas de gobierno establecidos al describir su contrario en estas sociedades “perfectas”, así como la imposibilidad e inviabilidad de su existencia.
Pero además de ser un género a título propio, la utopía es un ambición intrínseca del ser humano; algunos lo ven como motor del desarrollo intelectual y del progreso de la humanidad, otros como un espejismo inalcanzable que deja a su paso una estela de fracasos y frustraciones. Y es en este sentido que esta retórica de la utopía ha inspirado las más variadas ideologías, revoluciones y experimentos sociales; algunos –pocos—medianamente exitosos, otros –la mayoría—fracasos estrepitosos porque en su aspiración a la igualdad absoluta entre los seres humanos la utopía se convierte esencialmente en la voluntad de suprimir el sujeto, y ésta es una empresa condenada inevitablemente al fracaso.
Esta exposición intenta, a través de una selección de obras en la colección, examinar diversas instancias de este pensamiento utópico en un trayecto que comienza con la visión del paraíso edénico y termina constatando el fracaso al que está condenada la utopía cuando intenta materializarse, sobre todo su lado más oscuro, del cuál hemos presenciado suficientes muestras en épocas más recientes.
La mención de “distopías” y “heterotopías” en el título es pertinente, pues hay una nomenclatura vinculada a la utopía que clasifica sus distintas variantes; la “eutopía” corresponde a las utopías positivas; la “distopía” define a las utopías negativas; las “heterotopías”, según Michel Foucault, son “otros lugares”, espacios reales que existen pero tienen sus códigos y reglas particulares, como los lugares de oración y culto, la cárcel, el museo, la biblioteca, el hospital psiquiátrico, el barco, el cementerio, para nombrar algunos ejemplos. Cada una de las obras en la exposición hace referencia a una u otra de estas variantes, propiciando una reflexión sobre el tema y dejando un espacio para la interpretación de estas ideas por parte del espectador.