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Las obras incluidas en esta sección se ubican en distintos pisos del espacio, al dialogar con todos los temas de las diferentes secciones de la exposición. El espacio expositivo como parte de la obra es un tema que ha sido explorado por muchos artistas contemporáneos y modernos.
Podemos ubicar varios precedentes como los Merzbau de Kurt Schwitters en los años 20 o la instalación de sacos de carbón de Marcel Duchamp en la Exposición Internacional de Surrealismo en 1938. Otro antecedente importante es la obra Le Vide (El vacío) de Yves Klein, realizada en 1958 en la galería Iris Clert de París. Si bien la intención original de Klein no era la de hacer del espacio expositivo su obra, es la primera instancia en la que se presenta el espacio expositivo como la obra de arte. En este espíritu, artistas como Dan Graham (Public Space/Two Audiences, 1976), Hans Haacke (Condensation Cube, 1963-1965 y los Polls, 1967-1971), Mel Bochner (Measurement: Room, 1969), Walter de Maria (Earth Room, 1977) y Michael Asher, entre muchos otros, realizaron obras en las que se ponía de relieve el espacio de la galería el museo así como el público que allí asistía, en algunos casos convirtiendo el espacio expositivo en la obra en sí. En Argentina, la artista Graciela Carnevale realizó una acción titulada Encierro en Rosario, en 1968, donde encerró bajo llave al público asistente provocando una participación agresiva pues para salir tenían que romper la fachada de vidrio de la galería. Estas obras, entre muchas otras, sientan el precedente para las obras que presentamos en esta exposición. Los Surrogates, 1982-1992 de Allan McCollum interpelan la noción del espacio expositivo y el contexto de la pintura, funcionando como herramientas para interpretar la producción de sentido que ocurre entre la obra y el contexto donde es ubicada. La obra de Meyer Vaisman, Painting Without Context, 1986, opera en un sentido similar y está vinculada a su serie de pinturas tituladas Fillers que el artista concibe como relleno entre pinturas en un espacio de exposición y en las que apreciamos tan sólo una ampliación serigrafiada de la trama de un lienzo. La obra de John Baldessari, The Battle of San Romano, 1975, inscribe el espacio de la exposición dentro del marco de la “pintura”, aludiendo a la historia de la representación y de la pintura misma. La naturaleza participativa de estas experiencias que analizan y subvierten las particularidades del cubo blanco se hace evidente en las obras de Olafur Eliasson, Hélio Oiticica y Neville D’Almeida, Karin Schneider y Félix González Torres. Al entrar en el espacio de Mono-frequency lamp (2004) de Olafur Eliasson tenemos la experiencia de vernos a nosotros mismos viendo. Eliasson utiliza este tipo de luz en muchas de sus instalaciones para subrayar el hecho de que la convención del espacio blanco para exhibir el arte está condicionada culturalmente. Para Eliasson, la modificación de la visión que efectúa este tipo de luz altera las políticas expositivas de la institución y subvierte la noción del ‘cubo blanco’ privilegiando la experiencia individual de cada espectador. La Cosmococa 1: Trashiscapes, 1973, de Hélio Oiticica y Neville D’Almeida, invita al espectador a acostarse en las colchonetas y experimentar la proyección de imágenes y sonido, así como el espacio que las contiene, de manera radicalmente distinta a la tradicional experiencia de ver una obra en un museo o de ver un film en una sala de proyección. Slide Projector with 80 Fragments of One Photograph, 2007, de Karin Schneider es parte de una instalación realizada en Orchard –un proyecto colaborativo entre artistas que tomó la forma de galería comercial durante tres años y del cual Schneider era participante— en la que la artista exponía los mecanismos de producción, montaje y desmontaje de una exposición al público así como la naturaleza del trabajo en colaboración, al consistir cada módulo en una colaboración de la artista con un artista invitado por ella. La obra exhibía el proceso curatorial, museográfico, y discursivo de la exposición, integrando aspectos de las obras de Michael Asher (cuya obra en su totalidad se refiere a la naturaleza contextual de la obra de arte) y de las instalaciones especulares de Dan Graham realizadas con vidrios y espejos. Al presentar un fragmento de la misma, descontextualizada de su emplazamiento y condiciones originales, ciertos elementos buscan recrear la experiencia del reflejo de la exposición que le sirve ahora de contexto y de los mecanismos que la constituyen. Por último, Untitled (Ross in LA), 1988, de Félix González Torres es una escultura cuyo volumen va decreciendo hasta desmaterializarse, en la medida en que el público se lleva las hojas de papel impreso que la conforman. Gran parte de la producción de González Torres tiene un carácter democrático que subvierte la noción del objeto único e irreproducible. Como volúmenes, los stacks (resmas) de González Torres entablan un diálogo crítico con la escultura minimalista y su particular relación con el espacio expositivo y la audiencia. Como artista involucrado en el activismo relacionado con el SIDA (tanto él como su pareja, Ross, sucumbieron ante la enfermedad en los años noventa) estas piezas, así como las obras con caramelos, son una metáfora del cuerpo que gradualmente se desvanece a causa de la enfermedad.